El cofre abierto
Mientras su barbudo acompañante conversaba de negocios con sus amigos, ella bebía una copa tras otra buscando conseguir que aquellas palabras que de su boca salían se ahogaran y se desvanecieran como acuarela sobre un río de aguas bravas. Miraba con anhelo el horizonte perdido desde la terraza descubierta bajo un cielo sin brillo. Su esposo la cogió de la mano y ella inmune a todo gesto de dolor y encerrada en su propio cofre impenetrable sonrió y aceptó bailar con él. Vueltas y vueltas daban sobre la pista, pero en su mente solo se repetía un carrusel de recuerdos junto a mí. Sabía que ahí no era su lugar. Con la vergüenza bloqueada bajo el impulso de su recóndito amor se llenó de valentía, se apartó del hombre, cogió su bolsa, corrió a su coche y llegó en minutos a la esquina de mi casa. Con el corazón acelerado de susto y desespero de pensar que me había perdido tocó el timbre. Abrí la puerta con mi cara pálida y desolada, pero con la mirada de quien mira algo que sabe que le pertenece y con la sonrisa torcida como esa que no se puede ocultar cuando algo te estremece. Ella engalanada con su vestido rojo de tiras finas que bordeaban sus pecosos y marcados hombros y su pelo de destellos dorados desenfadado por el viento. Volteó su mirada hacia mí acariciándome el pelo y puso un mechón detrás de mi oreja como siempre lo hacía. Agarró mi cara con sus dos manos y acercó su boca a la mía.