La jaula de hierro
Se creía Dios. Creía que tenía el poder y el derecho de decidir a quien debía entregar mi corazón. Cada eco de su voz era una barra de hierro que clavaba en el suelo construyendo así su propia jaula. No quiso volar conmigo. Prefirió vivir su mundo de mentiras donde nadie la juzgaría por ser lo que era. Escogió las cámaras, las luces y la acción de vivir y complacer a aquellos que le tendían la alfombra roja exprimiendo su talento para llenarse los bolsillos. Fue su elección y yo con el corazón succionado por el dolor y la decepción debía respetarla y quererla sin placer.