Veinte minutos
Después de un año sin verla, fui corriendo a mirarla. Sentía que debía cerrar ese ciclo que había dejado abierto producto de la malcriadez e intolerancia. La vi de espaldas mientras escuchaba su voz hablarle a su gente. No quise interrumpir, no por mal educada, sino para seguir escuchando esa voz que me llegaba al corazón que latía fuertemente y sin control. Finalmente entré y me miró, se levantó, me abrazó y me dio un beso. Yo no quería que se acercara mucho porque venía de correr y estaba sudada. Pero me moría realmente por verla, mirarla, escucharla y tocarla. Nos mirábamos fijamente a los ojos mientras conversábamos. Era inevitable que se me saliera la sonrisa avergonzada esa que se va de lado. No podía ocultar lo inmensamente feliz que estaba. Ella también sonreía, quizás no por la misma razón que yo, pero no me importaba. Quería seguir aprovechando esos veinte minutos que me regaló. Al marcharme sentí que dejaba un pedazo de mí dentro de aquel estudio. Me sentía orgullosa de haber ido. Fui la de antes por veinte minutos. La enamorada. Aquella que era capaz de hacer cualquier cosa por la persona amada. Esa niña seguía escondida dentro de mí para que nadie más la hiriera. Esa preciosa y simple escena por minutos la hizo revivir volviendo luego a su escondite. Mientras me iba alejando solo pensaba en lo bonito de haberla visto. Mire al cielo y entregué en las manos de Dios mi destino.